Miércoles 6 de mayo de 2026
Hoy hace una semana que sé que se han terminado por fin varios procesos que me estaban haciendo de mi vida un infierno. Por fin.
Puedo estar tranquilo. Eso me dicen.
Aunque no del todo. Eso parece.
La vida no permite mucho descanso.
La vida es lo único que nos mantiene con vida.
El lunes a las ocho de la tarde comencé a notar algo raro en mi oído derecho. Como si se me hubiera metido agua. Ese día hubo una tormenta y un cielo oscuro, como normalmente no lo hay en Lleida. Ese día llovió con ganas. Nunca llueve aquí.
Estuve esperando a mi compañerx, que venía de Barcelona, para volver a casa juntxs. No nos mojamos. Nos calamos de arriba a abajo. Llegamos a casa empapadxs. Me metí en la ducha y al salir comencé a notar el oído raro. No tenía dolor. Sólo lo sentía raro.
El vecino me llamó por si le podía ayudar a instalar un equipo de sonido que le habían prestado. Eso hice. No funcionó, así que se fue a buscar otro equipo que tenía en su antigua casa. Nos dejó al perro. Nos quedamos los tres, tres horas juntos, tres.
Mi compañerx se enfadó, aunque nunca dijo nada. Por eso mismo pensé que podía estar enfadx. No le hacía ni puñetero caso al pequeño perro. Hacía días que le daba todo el cariño del mundo. El perro no entendía nada. Yo tampoco. Me daba pena.
Cenamos. Nos fuimos a la cama hasta que el vecino volvió a casa, después de tres horas, tres, los tres. Le devolví al perro y le ayudé, de nuevo, a montar definitivamente su nuevo equipo.
Después de un rato, finalmente lo logramos. Mi compañerx se quedó en casa. No dijo nada.
Al volver, mi compañerx no me contestó. Estaba dormidx o eso parecía. Se escondía bajo las sábanas. Como si la vida fuera un juego de niños.
Me quedé solo —siempre lo estuve— mientras escuchaba al vecino con su nuevo equipo con la música muy alta. El oído comenzó a dolerme poco a poco. Era raro. Muy raro.
Mientras montábamos el equipo de sonido, hubo un momento en el que yo tenía los auriculares puestos para ver por qué canal entraba y salía el sonido porque no llegaba a salir el sonido a los nuevos pero viejos altavoces. Cambié la configuración y sonó su música a toda hostia por los auriculares. Salté y me los quité.
Pensé que aquello podría haber sido la causa de que ahora, después, tuviera esa rara sensación en el oído derecho. Oía un pitido, pero lo peor era el dolor. El dolor aumentaba. Cada vez iba a más. Así que me tomé 2 Nolotiles para el dolor de muelas que ya venía arrastrando desde hace semanas. Me dolía hasta el alma. Y más de pensar en volver a la cama para sentirme solo con alguien al lado, escondiéndose. Ignorándome.
Me fui a dormir.
Lo intenté, pero no pude.
Mi compañerx ni se inmutó.
No dijo nada.
En silencio, en tensión.
Caí rendido, dormido.
Poco después me desperté.
Desperté del dolor.
Me levanté sin que mi compañerx lo notara.
Me tomé una leche de avena y 2 Tramadoles.
Volví a la cama.
Me costó dormirme un poco más.
Me dormí, pese al dolor.
Al ratito volví a despertarme, esta vez con más dolor.
Un dolor tras otro dolor.
Un dolor sobre otro dolor mayor.
Comencé a gritar de dolores.
Me dolía el oído derecho, dentro.
No entendía nada.
Me dolía y me dolía.
Gritaba en silencio.
Mi compañerx se despertó.
Me dolía.
Intentaba callarme.
No lo logré.
Me dolía más y más.
Mi compañerx empezó a entender.
Le propuse ir al Hospital.
Sólo pensarlo ya me costaba.
No me quedaba otra. Otra vez allí.
No quería ir. No quería salir de la cama.
Quería dormir. Quedarme en la cama.
Estar de una vez solo en casa. Por fin.
El dolor me estaba ganando la batalla.
Asumí que tal vez había que ir al Hospital.
Aquello no iba a ir a mejor, sino todo lo contrario.
Así que me levanté, me puse las zapatillas y me vestí.
Le pregunté si podía pedir un taxi para ir al Hospital.
Se lo pedí por favor.
Se hizo un cigarro.
Esperé a que se lo fumara.
Estaba mareado del dolor, del sueño y la medicación.
Salimos de casa. Por fin.
Me vino el recuerdo del anterior episodio en el Hospital.
Pensé que tal vez no volvería.
Pensé que tal vez me costaría volver.
Bajando las escaleras pensé en que tal vez no tanto.
Salimos a la calle y montamos en el taxi.
Eran las 4 y media de la mañana del lunes.
Entramos en urgencias.
(…)
Salimos de urgencias.
Se me había reventado el tímpano.
Ni más ni menos. De manera espontánea.
El dolor cesó. El deseo de estar solo nunca.
Necesitaba estar tranquilo y escucharme.
Nunca fui escuchado. Nunca. Se lo repetí.
Quería y necesitaba estar solo. Nada.
Me sentí como el perro. Puede que peor. Quién sabe.
No hay mayor sordo que aquel que no quiere oír.