Hemen
© Mikel R. Nieto 2026

Cada vez única, el fin del mundo

“Todo lo que decimos tiende solo a velar la afirmación única: que todo debe desaparecer y que no podemos mantenernos fieles más que velando este movimiento que desaparece, y al que pertenece ya ese algo en nosotros que rechaza todo recuerdo”

— Jacques Derrida

No hay mejor filósofo para un funeral que Jacques Derrida. Sus palabras dedicadas a muchos de sus colegas filósofos fallecidos, sus compañeros de viaje, como le gustaba llamarlos, trascienden el homenaje, atendiendo la nada sagrada geometría entre la ausencia, el recuerdo y la escritura. Sus palabras fueron el cuerpo de aquello que los romanos llamaban gravitas. Se inclinan hacia la referencia, diferencia, différance, de lo no articulado, no inscrito y no presente. En otras palabras, Derrida tenía gravitas, una gravitas deconstruida y abierta a la incertidumbre frente a lo desconocido. Una contingencia del sentido que se tiende hacia ello, se tiende sin poder evitarlo, sin quererlo. Sucede tanto en el cuerpo como en la escucha y en la escritura.

Dar(se) cuenta del fallecimiento, en otras palabras, desfallecer(se), nos permite continuar el diálogo con los muertos. Toda retórica del duelo tiende las palabras, las inclina, de la misma manera que nuestros cuerpos ceden frente al espejo del cuerpo inerte. Aquel que ya no se mueve nos conmueve, nos tiende. Nos tendemos y empezamos a ser nosotros.

“Ahí está, como si, en espera, ese movimiento como intención con que se entregan las palabras escritas a ser enunciadas por otro; en la inclinación el cuerpo se ofrenda al otro, el cuerpo se rinde, se vence, se dobla ante la palabra en la escritura y al hacerlo entrega la espalda”1

— Marcela Queiróz Luna

Las últimas palabras

“El 14 de enero de este año Martin Heidegger me obsequió con un largo diálogo. Me pidió entonces que dijera unas palabras ante su tumba. Por eso me animo a hablar aquí. [Heidegger] Intentó entender su propia palabra como una respuesta a una señal, a la que prestó su oído de continuo”2

— Jacques Derrida

Hablar aquí, así, es un temblor. Las lágrimas no solo caen, pesan, dicen, interrogan al otro, lo alcanzan en su silencio. Hablar en el duelo es dejarse atravesar por la ausencia, por la espectralidad de la diferencia, invitando a que el otro resuene en nosotros sin apropiarnos de su voz, sino con voz propia, si es que es posible.

El duelo no es recuperar al ausente, sino sostener su pérdida, hacerle espacio en nuestra propia apertura, en la misma herida. Hablar en duelo es ya no poseer la voz, sino dejar que en ella resuene la alteridad. No es devolver la palabra al muerto, sino escuchar lo que en él permanece irreductible: su distancia, su silencio.

La voz nunca es solo presencia. Siempre excede, se disloca, se inscribe en una escritura que la desborda. La phoné griega, entendida como proximidad pura, como transparencia del sentido, es la ilusión de un sujeto que se cree entero, que se oye hablar como si se poseyera a sí mismo. Pero la voz está siempre fuera de sí, en el eco, en el otro.

El sentido nunca es clausura, sino apertura. Pensar la voz es pensar la alteridad: el timbre, la resonancia, lo que vibra y escapa. En el duelo, la voz no afirma, tiembla. Y en ese temblor, el otro sigue estando, siendo silencio.

Por ello, cuando las palabras devienen lágrimas, se exceden, caen en el silencio cómplice del que escucha, como el llanto en la visión. No hay mirada que no llore, ni cuerpo que no se incline, cada vez o al menos una vez, todas las noches del mundo.

Notas

  1. Marcela Queiróz Luna, La escritura, el cuerpo y su desaparición, op. cit.
  2. “En la preparación meditada de su entierro, Martin Heidegger encomendó esta tarea a su hijo y a Bernhard Welte, profesor de teología en Friburgo al que había conocido un tiempo antes. Llegado el momento, el primero pronunciaría algunos versos de Hölderlin. El segundo es responsable de las siguientes palabras”. María Teresa García Bravo, Retórica del duelo: el problema de la voz en Jacques Derrida, en Perspectivas Metodológicas, año 9, n.º 9, 2009, p. 64.