Lunes 23 de febrero de 2026
Salgo de casa para ir al CAP (Centro de Atención Primaria) para pedir que me asignen una doctora que pueda hacer el seguimiento de mi caso. Espero la cola al sol.
Para ello parece que es necesario pedir el traslado de mi expediente médico del País Vasco a Cataluña. Ahora el problema médico se convierte en administrativo.
Después de insistir en la prioridad (mi cuerpo enfermo) y no atender meramente cuestiones administrativas, me envían al segundo piso. Allí seré atendido. Llego y allí no había casi nadie.
Al ser atendido, el problema vuelve a ser administrativo. Insisto con mi cuerpo enfermo que necesito unos análisis el jueves y los resultados el viernes, como me dijo la doctora Aurora.
La enfermera regresa con una doctora y un doctor residente. La doctora no podrá atenderme y el residente propone que vaya otra vez al Hospital para que me atiendan de urgencia. Eso hago.
Regreso al Hospital. Saludo al de seguridad. Espero. Soy atendido. Parece ser sábado, pero hoy es lunes y hay mucha más gente. Todo igual o peor.
Se abre una ventana porque el hombre mayor que está al otro lado de una leve cortina se ha cagado encima. Entra el aire fresco y suenan los pájaros. Esto es lo que estaba buscando.
Nada más. Saco fotos y hago una grabación del momento mientras suenan las constantes vitales del enfermo jubilado y vecino de cortina. Todo suena mucho mejor ahora:
Bip, bip, pío, pío (bis)
Entra el médico en este momento e insiste en que no puede asegurar su diagnóstico después de hacer los análisis pertinentes. Puede ser o puede no ser. Me mira y me pregunta: ¿Te ingreso?
Me ingreso. Me ingresa. Soy ingresado. Comienza el viaje. Espero. Vienen a buscarme. Saludo, de nuevo, a un celador, por aquí. Subo un piso. Espero.
Conozco a mi nuevo vecino de cortina. Otro señor mayor jubilado, pero este está en muy mal estado. Tose constantemente. Respira gravemente. Sus flemas suenan y parece morir todo el tiempo. No lo logra. Sigue con vida, aunque no lo intenta.
Su hija llega y le dice: por fumar otra vez. El padre habla, pero solo lo entiende su hija. Su voz suena a mocos marrones. Casi se ahoga. No lo logra. Le pide a su hija que le traiga Don Simón frío, muy frío y cortezas de maíz. Parece querer morir, lo intenta. Espero. Hay unas palomas en el árbol de enfrente mientras cae el sol sobre Lleida. Hace frío.
Vienen a buscarme. Me lleva un chico joven. Me dice que hay mucha heroína en toda Cataluña. Dice que es por los precios de los alquileres y la inmigración. Ahora se ha mudado a Lleida. Dice que estaba mejor que en Badalona. Menos mal. Se hace de noche.
Llegamos, pero antes nos avisa: tu compañero es un poco, un poco, un poco, problemático. Pregunto y me contesta: es violento. Ha estado aislado varios días. Toma drogas. No se controla.
Entro. Saludo. No parece un hospital. Parece una cárcel. Huele a condena. Me mira mi acompañante y me dice: esta va a ser una noche muy larga. Cambio de planes.
Le pido a mi acompañante que no me traiga nada, tan solo el cargador del móvil. No me siento seguro. Vete a casa y regresa rápido, por favor, le ruego. Me quedo sin batería.
Me quedo con mi nuevo compañero de habitación esperando, a solas, durante horas y horas.
Me habla. No entiendo nada. Le da igual lo que diga. Entiende lo que quiere. No escucha. Está en su viaje. El mejor lugar donde estar es el Hospital, me dice. Yo quiero irme a casa ahora.
Salgo. Paseo. Pienso. Me voy. Pediré el alta voluntaria. No tienen mi expediente médico. Los resultados de las pruebas tardan días. En horas puedo regresar a mi ciudad. Se come bien.
Paseo. Pienso. Medito. Llega gente. Siempre chicos. Parecen visitas de una prisión. Se reúnen en la sala de espera del fondo del pasillo. Me quedo solo en la habitación esperando, sin batería.
Quiero irme. Volver a casa. No llega. Sigo esperando. Hablo con el chico de antes. Me dice que no habrá problemas. Al rato viene un compañero mayor. Me dice que tranquilo. Me pongo nervioso. Llega otro que no había visto hasta ahora. Es el jefe de los enfermeros. Tiene una sonrisa eterna que le dura no menos de 3 segundos. Nada más y nada menos. Después tiene que hacer el esfuerzo para seguir sonriendo. Me pregunta si mi problema es mi compañero mientras hablamos en el pasillo y le señala con el dedo. Le digo que no. No quiero tener problemas. Le explico la situación y mi expediente médico. Da igual. Me dice que hará todo lo posible para cambiarme de habitación, si lo necesito. Ahora es cuando lo necesito, pero nunca apareció.
Esto es lo que pasó: llega mi acompañante, ya un poco tarde. Le explico la situación. Llega la doctora, llega otra doctora y así hasta cuatro doctoras en un momento. Hacemos un corro. Hablamos solo una doctora y yo. Me dice que esto es grave. He ido a peor. Eso dicen los análisis. No me recomienda un alta voluntaria. Le digo que no voy a ceder un centímetro para ir en contra de mi salud. Permanecer más tiempo en esa habitación del Hospital parece ser más de un centímetro. Sin historial médico y con días por delante para saber de los resultados de los análisis. Lo entienden. Parece darles igual. Me preguntan si el problema es mi compañero, otra vez. Le digo que el problema es mi salud. Da igual. Se van.
Decido quedarme, sin remedio. Pido hablar con Rafa, el jefe de los enfermeros con la sonrisa eterna, para que cumpla con su palabra. Nos están buscando habitación. Está difícil. Más difícil es quedarse, pienso. Mi compañero de celda cena. Le dan un Valium. Se lo toma. Se queda dormido a ratos. Intenta escaparse para fumar. Me pregunta por mis zapatillas de colores. Saca algo del cajón que le habían traído horas antes las visitas. Rezo para que sea droga y no una cuchilla, como había pedido antes a una enfermera.
Para afeitarse, decía. Quiere fumar. No puede. Nos quedamos tumbados. No dormidos. Empieza a fumar en la ventana, en el baño, así todo el tiempo, así por todos lados. No hay quien esté en la habitación. Son las dos de la mañana.Yo había salido de mi casa para pedir ayuda y no ir a peor.
Me pongo nervioso. Hablo con las enfermeras. Pido ayuda. No la tengo. Digo que voy a llamar a la policía. No puedo hacer responsable a un enfermo adicto de los ochenta pamplonica, sino a todo el equipo médico. Evidentemente. Los responsables son ellos. Siempre. No lo parece. Lo padezco.
Llaman a seguridad. Llegan dos chicos jóvenes. Uno de ellos parece ser un pitbull. Me mira enfadado. Le miro y le digo que yo no soy el problema. Se lo repito. Da igual. Me sigue mirando como si yo fuera su problema. Su compañero le dice lo mismo: que yo no soy el problema. Entonces deja de mirarme como si me fuera a dar un tortazo. Hablo con ellos. Les explico la situación. Me dan las gracias.
Preguntamos por la habitación que no llega nunca donde poder padecer estar enfermo. Nos hacen esperar en la sala de espera del fondo. Hace frío. Preferiría no hacerlo. No me queda otra. No quiero consecuencias. No quiero una venganza. Espero. Gritan. Gritan más fuerte. Se escuchan golpes. Son casi las 3 de la mañana. Me pongo aún más nervioso. Respiro. No hay manera. Me asomo al pasillo. Nos miran todos. Nos dicen que ahora sí nos podemos ir. Menos mal. Recojo mis pocas cosas. Cruzo el pasillo. Todos me miran. Nadie dice nada. Nada. Miro al pitbull. Me dice adiós con la ceja. Nada más.
Llego a otra planta. Otro planeta. Personas amables que hablan tranquilamente. No tengo palabras. Me quedo en silencio sentado en la cama como dentro de un Hopper. Ya no espero más.
Martes 24 de febrero de 2026
El dolor aquí no es una fuente de conocimiento. El dolor aquí es un diagnóstico del síntoma y el síntoma hay que erradicarlo y antes el dolor. ¿Tienes dolor? Preguntan todo el tiempo. No. Entonces sin dolor no hay medicación. Si tienes dolor, te medican. Y así pasa el tiempo. No pasa nada. Sólo el tiempo. Tu cuerpo lo sabe.
Les enfermeres y les doctores vienen y se van. Chequean el cuerpo como uno de seguridad en el aeropuerto. Poco más. Te preguntan otra vez más si tengo dolor. Contesto que no. Sigo sin medicación.
Al menos en esta nueva planta son muy amables. Siempre con una sonrisa. De verdad. Trabajan muy duro todo el tiempo. No paran. Hacen de todo todo el rato. Limpian. Reparten comida. Toman las constantes vitales. Reparten medicinas. Miran los sueros. Responden a todas las llamadas. Van y vienen. Siempre con una sonrisa y falta de tiempo. Somos muchos cuerpos enfermos.
Hoy me entero de que ayer murió Éliane Radigue.
Al fondo del otro pasillo que hay en la misma planta hay otro pasillo. Diferente. Parece el acceso a una puerta de embarque de un aeropuerto. Blanco y con cristales. Largo. Casi infinito.
Entro. Escucho un sonido constante. Sutil y permanente. Hace calor. Hace frío. Uno no sabe bien si es lo uno o lo otro. Mis oídos recorren este pasillo infinito. Una y otra vez. Siempre diferente.
Será Éliane Radigue.
Miércoles 25 de febrero de 2026
Esta noche mi vecino de cortina no ha parado de roncar. Me he despertado mil veces, mil horas. Parecía una noche eterna con un duelo al alba. Su tórax era como un subwoofer. Hacía que todo retumbara. Mi día ha comenzado de noche. Aquí sigo.
Por la mañana han pasado las doctoras. Me han dado buenas nuevas. Seguramente me den el alta en breve, en uno o dos días. Lo mejor es que mi cuerpo ha reaccionado y ha logrado generar los anticuerpos contra este maldito virus sin necesidad de ningún medicamento.
En principio, si sigo así no será necesario ningún tratamiento. Mejor así. Parece que los números van bien. Estoy orgulloso de mi cuerpo. Es más fuerte de lo que pensaba. Mejor así.
No queda claro el origen del virus. Pueden ser muchas más cosas de las que leí en internet. Muchas más. Preguntas al Chat y te dice lo que quieres oír. La realidad parece ser otra cosa.
Sea como sea, venga de donde venga, veo la luz. Poco a poco.
Jueves 26 de febrero de 2026
Mi compañero de cortina roncador como un subwoofer se marcha. Estoy solo. Sólo en la habitación. Las enfermeras entran y salen. Limpian y recogen. Preparan la cama para la siguiente persona. Siguiente paciente. Qué poco somos, qué poco duramos.
Unos se van y otros llegan. Me pregunto quién vendrá ahora. Me pregunto si roncará. Si su familia ocupará el espacio vacío que hay ahora delante de mí. Todo está en mi mente.
De momento estoy solo. La luz del sol entra lentamente. Suave. Lo toca todo. Todo brilla levemente. La soledad también. Huele a limpio. No hay nadie. Sólo yo.
Llega un zelador con zeta. Mueve las sillas, la cama. Lo mueve todo. Me dice que pronto traerá a mi nuevo compañero. Lo prepara todo para su llegada. Espero. Estoy curioso.
Llega mi nuevo compañero. Acompañado de dos familiares. Todos son muy simpáticos. Hablan más que los otros. Estos son más divertidos pese al habla. Nos saludamos.
Paseo. Les dejo a solas. Tranquilamente. Sigo paseando. Vuelvo a la habitación. Poco a poco. Me acomodo. Me siento. Me tumbo. En silencio. Leo.
Cae la noche. Ronca levemente. Otra noche más casi sin dormir. Me siento mejor poco a poco. Las mañanas son para quien las aprovecha. Para quien quiere rascar un minuto a la existencia.
El sol vuelve a salir. Llena la habitación de un color naranja. Las ventanas hacen formas rectangulares. Las cortinas hacen formas onduladas. Todo es luz y silencio. Tranquilidad y despertar.
No queda casi nada para marcharme. Esto pienso. Esto quiero. Esto deseo. No puedo evitarlo. No puedo evitar pensar que hoy es el día en el que saldré de esta cárcel llamada Hospital.
Nadie quiere estar aquí. Todas las personas preferirían no tener que entrar. Todas quieren salir. Los pacientes. Les enfermeres. Les doctores. Les limpiadores. Les zeladores con zetes. Todes.
No puedo evitarlo. Me levanto. Camino. Recorro los pasillos pensando que ya mañana no estaré aquí. Todo es diferente. No es seguro. El deseo moldea la realidad y la realidad impone sus posibles posibilidades probables e improbables. Tengo dudas. Tengo deseo.
Espero y espero a las doctoras. Se hacen de rogar. Son lo que más deseo. No llegan. Estoy ansioso por saber si hoy será el día en el que todo esto habrá terminado para poder pasar a otra cosa. Mariposas.
Finalmente llega el momento. Llegan ellas. Se sientan. Me miran. Me dicen que tengo mejor cara. Me hablan. Me preguntan si me quiero ir. Antes de hablar ya han leído mi respuesta. En mi cara.
Me dan el alta. Me voy. Me despido. Todo es diferente ahora. Salgo a la calle. No reconozco lo que veo. Todo el mundo ahora es muy grande. Más grande. Hay mucho aire. Mucha gente.
No me reconozco. Ya no sé volver a casa. Es raro. Entro. Es todavía más raro. Estoy feliz. Vuelvo a nacer. Vuelvo a tener una nueva oportunidad de volver a empezar. Aunque todo sigue donde lo había dejado. Tanto dentro como fuera.
Esta experiencia me ha cambiado sin darme cuenta. Es sutil y permanente. Como el pasillo de Éliane Radigue. El sol cae sobre la cama.
Ahora quiero estar solo. A solas con mi dolor.
Un dolor que nunca ha aparecido en toda esta experiencia. No he tenido dolores. Sólo he tenido un dolor en singular: el dolor de la existencia. De la posibilidad de morir. Como si nada. En silencio. Este es mi dolor.
¿Cómo puedo integrar la muerte en mi vida sin dolor? El cambio siempre está en el porvenir conjugado en presente. Si no hay cambio, no hay día sin sol.
Viernes 27 de febrero de 2026
Duermo. Me despierto muy temprano. Son las 4:44. Me levanto. Escribo. Ordeno. Desayuno. Contemplo cómo amanece poco a poco. Lentamente. Suavemente. La vida vuelve a su sitio.
Tengo suerte de estar vivo. Doy las gracias. Ahora. Ahora quiero aprovechar cada minuto. Quiero hacer cosas. Quiero estar solo.
No quiero ver pasar el tiempo como si nada. La escucha parece no dejar huella, pero en la vida sí. Quiero estar solo, escucharme y dejar huella en mí. Lo pido pero no soy escuchado.
Escucho el mundo despertar sutilmente. Respiro.
Los cuerpos enfermos son los que saben escuchar los dolores de este mundo. Quien no se retuerce, no sabe qué significa dolerse. El dolor sin dolor es aquello que no tiene nombre. Lo innombrable. Un balbuceo. Una vuelta del ser mismo. Un poema.
Hoy comienza un nuevo día, como si nada. Pese a todo, gracias.