«En lo más profundo de su ser, el ojo estaba destinado no a ver, sino a llorar.»1
Lloramos por los ojos. La mirada cambia después de haber llorado: aquello que provocó las lágrimas queda atravesado por la pérdida y ya no vuelve a aparecer del mismo modo. Los oídos, en cambio, no lloran ni poseen párpados con los que cerrarse. Permanecen abiertos durante el sueño, expuestos al murmullo del mundo y a los sonidos que el propio cuerpo produce. «Los oídos no tienen párpados», escribió Pascal Quignard.2
Oír es sentir. Antes de que podamos decidir si queremos escuchar, el sonido ya nos ha alcanzado. Nos tiende hacia algo, nos obliga a recibirlo y nos convierte en audiencia. Incluso cuando tratamos de hacer oídos sordos, seguimos dentro del mundo sonoro, afectados por aquello que resuena a nuestro alrededor. La audición nos hace pacientes: padecemos el sonido, pero también descubrimos a través de él que tenemos un cuerpo.
Jean-Luc Nancy entiende el sentir como un sentirse sentir. «Un sujeto se siente: esa es su propiedad y su definición».3 Al escuchar, algo exterior retumba dentro de nosotros y regresa transformado. El límite entre el mundo y el cuerpo se vuelve poroso; el sujeto se aproxima a sí mismo y, en ese mismo movimiento, se descubre desplazado. Estar a la escucha es permanecer en el borde del sentido, tendido hacia algo que todavía no conocemos.
Cada persona oye de una manera distinta. La audición depende de un cuerpo, de una memoria y de una historia singular. Esta diferencia abre una responsabilidad: escuchar también aquello que cuesta oír, aquello que contradice nuestra percepción y el dolor que no nos pertenece. La escucha puede convertirse entonces en una forma de atención ante un mundo herido.
No hay día sin sol, ni luz sin sombra.
«¡Oh, si nuestro dolor humano pudiera terminar aquí!», murmuró Isa.
Al alzar la vista recibió en pleno rostro dos grandes gotas de lluvia. Se deslizaron por sus mejillas como si fueran sus propias lágrimas. Pero eran las lágrimas de todos, llorando por todos. Se alzaron las manos. Aquí y allá se abrió una sombrilla. La lluvia fue repentina y universal. Luego cesó. De la hierba ascendió un fresco olor a tierra.4
Notas
- Jacques Derrida, Memoirs of the Blind: The Self-Portrait and Other Ruins. La traducción al castellano procede del documento de trabajo. ↩
- Pascal Quignard, La haine de la musique —El odio a la música—: «Les oreilles n’ont pas de paupières». ↩
- Jean-Luc Nancy, À l’écoute —A la escucha—. En el mismo texto afirma que estar a la escucha es «estar siempre tendido hacia un acceso a sí». ↩
- Virginia Woolf, Between the Acts. ↩