“El dolor siempre ocurre en singular.”
Previo al dolor es el cuerpo.
Desde la subjetivización objetivamos lo imposible1, lo innombrable: lo otro, el otro y la muerte2. Dicho de otro modo, primero es el cuerpo y, solo después, deviene el mundo.
Hace poco tiempo me operaron de un pequeño tumor que no me ha permitido conciliar el sueño durante meses y meses, incluso años. Durante todo este tiempo he podido degustar la falta de sueño: sin caer dormido, estar agotado, cansado y desesperado por dormir y poder descansar, al fin. El descanso se convirtió en un sueño irrealizable. El dolor me mantuvo despierto, en un desvelo sin sueño.
En todas esas horas de vigilia, despierto entre la noche y el día, he podido observar mi cuerpo en estados que hasta ahora se me resistían. Noche sin final, un duelo al alba con el dolor que no cesa. El dolor, ese elemento disruptivo y extraño de la existencia donde uno se desorienta y se reubica, nos avisa, nos predispone y también nos ayuda a recordar. Resulta difícil olvidarse de los dolores. El dolor nos hace pensar.
Quizá sea bueno saber del dolor.
Quienes han intentado pensar la temporalidad del dolor crónico coinciden en que, cuando este se instala como condición de vida, el tiempo deja de experimentarse como una continuidad. El cuerpo se desentiende del tiempo y se repliega, se abre a un espacio temporal vasto e interno, profundo y aparentemente eterno. El dolor, como bien nos recuerda Marcela Queiróz Luna3, organiza la experiencia y activa el miedo ante la propia disolución. El miedo está hecho para contener el cuerpo. Nos detenemos ante aquello que nos atemoriza. Porque el miedo nos puede, llega a todos los rincones de nuestros cuerpos, del mundo entero, cuando cunde el pánico. Nadie escapa de sentir miedo alguna vez.
Puede que, por ello, los malos gobiernos que no escuchan al pueblo infundan miedo y lo amplifiquen entre su población. Friedrich Nietzsche supo ubicar en el oído el órgano del miedo. Sentimos más miedo en la oscuridad de la noche ante el mismo sonido. No podemos hacer oídos sordos frente al miedo. El oído nos obliga, como el miedo, a estar atentos. Nadie puede escapar del dolor que padece.
Todo cuerpo encuentra, en el ciclo de su dolor, un estado de suspensión tranquila que apacigua y acalla la representación del signo, de su configuración discursiva, en una temporalidad que difiere, discrepa y nos diferencia. En el dolor, el tiempo, la duración y el horizonte se disuelven. Todo y nada son y están al mismo tiempo. Todo parece estar presente, en suspensión, como un fantasma, como un vago recuerdo. La realidad misma queda en suspenso, como una nota, un tono que se repite sin cesar. El dolor y, quizá, la música nos invitan a dar sentido a nuestras vidas: son la fuerza de gravedad del alma humana, de la existencia misma.
Nietzsche padeció todo tipo de dolores durante buena parte de su vida: dolores de cabeza, problemas intestinales, insomnio y vómitos, que no le permitieron leer ni escribir a gusto ni durante mucho tiempo. Es posible que por sus padeceres se sintiera más cómodo con los aforismos. Sentir falta de tiempo ayuda a aprovecharlo y reducir al máximo las distracciones. Puede que los aforismos, como la música, fueran finalmente su único consuelo. Nietzsche fue un conocido melómano, un buen pianista y uno de los más fieles seguidores de Richard Wagner, hasta cierto punto. La música era para él el mejor recurso para escapar de la sordidez del mundo
, como nos cuenta Ramón Andrés: la historia de la música se podría trazar a través del consuelo.
En el dolor, la música puede sonar horizontal. De hecho, este fue mi único consuelo frente al dolor corporal, sin descanso ni sueño, y al sufrimiento de sentirme finito sin remedio: la escucha horizontal de una música repetitiva, microtonal, de variaciones mínimas y delicada. Con aquella escucha —horizontal— y desde esta posición sin horizonte, gracias al dolor, he descendido a lugares que nunca había oído. Una escucha descarnada de mi propio ser y único destino. Allí donde el infierno deviene en cielo, desciende Dante y asciende Orfeo amado, no sin dolor, no sin entrega. En aquellos momentos estaba sumergido en el Aqueronte de la misma existencia. Atravesaba ese río del dolor que, para los griegos, era el lugar donde se bifurca el río Aqueronte del inframundo, un pantano insalubre dentro de un paisaje desolado, donde el barquero Caronte llevaba las almas de los recién fallecidos hasta el dominio de Hades.
Allí donde nace el lugar del balbuceo, de donde brota la imposibilidad del lenguaje, del signo. Allí donde el paisaje duele, suena la música y brota el consuelo.
El dolor nos ubica, nos posiciona, nos pone frente al espejo de nuestra biografía. Nos obliga a reubicarnos, no solo con nuestros cuerpos, sino puede que especialmente en nuestras vidas o en lo que pensamos que nos queda. El dolor nos tiende y tendemos a recordar, de hecho, más por el dolor que por la alegría, excepto en los últimos momentos. O eso dicen. Es el dolor quien escribe con tinta invisible de manera contundente sobre nuestros cuerpos el sentido de nuestra experiencia. Aquello que duele, suena. Puede que todo dolor tenga una banda sonora. Puede que escuchar aquella música horizontal hoy me haga devolverme, revolverme a aquel espejo. Parece que la escucha no deja rastro, pero deja huella.
La música para Pascal Quignard es siempre una aprehensión ontológica más profunda, más que humana, siempre más allá. Y puede que sea cierto que hay algo más allá, aquello que la música tiende a traernos. Los cazadores, con sus señuelos y reclamos, lo saben bien: atraen aquello que los alimenta. Somos cazados en la escucha, somos carne y presa de la música, del sinsentido de la vida. Y la música, por eso, puede que no tenga sentido, pero otorga su condición más secreta y la eterna posibilidad del sentido de la vida.
La melodía excede al decir: ante lo indecible, en el silencio, la melodía es la violencia misma. El desgarramiento de la vigilia del mundo es el grito nocturno, sin porvenir, último. En la noche, la escucha tiene miedo.
Por ello, puede que en el alba del lenguaje debamos situar el balbuceo, la palabra en el límite del habla, el silencio a punto de hablar. Saber ver en el balbuceo una suspensión del habla hacia el silencio y una suspensión del silencio en el habla. El silencio y la muerte tienen un nombre que la palabra expulsa, donde el silencio se calla. El silencio se inclina hacia el habla en el balbuceo. No tiene voz, ni decir, ni sentido por sí mismo.
Notas
- “El dolor no es una magnitud que se pueda constatar de forma objetiva, sino una sensación subjetiva”. Byung-Chul Han, La sociedad paliativa. El dolor hoy, trad. Alberto Ciria, Herder, Barcelona, 2021. ↩
- “Estoy tendido en la cama. Siento cómo el reino de la enfermedad se apropia poco a poco del territorio de mi cuerpo. El lumbago se ha transformado ahora en una multitud de señales de alarma que son descodificadas por mi cerebro en forma de dolor: la fiebre, el calor y el frío alternativos, el dolor de cuello y de cabeza, de las articulaciones, la debilidad de todos los miembros, la quemazón de garganta, la imposibilidad de tragar, la tos, pero, sobre todo, la dificultad para respirar. Escucho la radio: solo hay noticias sobre el virus y sobre el número diario de muertos. Recuerdo a los amigos a los que he visto morir de sida. Y por primera vez pienso en mi propia muerte no como algo extraño o lejano, sino como algo cotidiano, algo que puede suceder, como la fuga de un radiador o la rotura de un grifo”. Paul B. Preciado, Dysphoria mundi: el sonido del mundo derrumbándose, Anagrama, Barcelona, 2022. ↩
- “Dicen los investigadores que han buscado aprehender la temporalidad del dolor crónico, que la experiencia del tiempo para quien le padece como condición de vida, se soporta fundamentalmente como pérdida. Se vive una suerte de cotidianidad perdida cuando se desvincula el cuerpo del tiempo y el espacio exterior, al reducir el sujeto al tiempo interno, el dolor induce el miedo ante la propia disolución”. Marcela Queiróz Luna, La escritura, el cuerpo y su desaparición, Diecisiete, Ciudad de México, 2014. ↩