Hemen
© Mikel R. Nieto 2026

Encarnarse: darse un cuerpo

“En verdad, «mi cuerpo» indica una posesión, no una propiedad.
Es decir, una apropiación sin legitimación.
Poseo mi cuerpo, lo trato como quiero, tengo sobre él el jus uti et abutendi.
Pero a su vez él me posee: me tira o me molesta, me ofusca, me detiene, me empuja, me rechaza.
Somos un par de poseídos, una pareja de bailarines endemoniados”.

— Jean-Luc Nancy

Nadie deja de bailar nunca. Siempre bailamos. Nadie puede negar su propio cuerpo. Darse un cuerpo y morir en él. Entre ambos puntos se ubica un tiempo: nuestro tiempo, en plural. Más allá del tiempo del yo, se ubica el tiempo del nosotros, compartido, relacional y memorioso. Pese a que finalmente todo cuerpo responda a una cuestión de tiempo ineludible, biológico, cronológico, todo sucede en la porosidad de la carne, en la fragilidad de su roce con lo otro, aquello-que-no-soy-yo y que me pone en relación-con el mundo que soy yo mismo. No hay yo sin mundo y no hay mundo sin piel que lo acoja.

Por eso, puede que mi cuerpo no sea un objeto, sino una escena donde mi todo se expresa, donde el mundo encuentra su contorno y su grieta. Todo dolor suena. En esa relación carnosa, sabrosa y contingente nos balanceamos como en una canción de cuna; el cuerpo se abre a lo impensable del extrañamiento de este mundo que el dolor señala contundentemente. La vida nos duele. La vida suena.

No somos una entidad aislada, sino un mundo de relaciones. Como bien apunta Peter Sloterdijk, somos y vivimos inmersos en una burbuja vibrante donde el aire que nos habita es el mismo que nos separa del mundo. Somos y vivimos en una proximidad crítica con el mundo que somos: estamos dentro y fuera al mismo tiempo, en un vaivén de subjetividad desencarnada, donde el yo se encarna y se dispersa al mismo tiempo.

En el duelo, todo queda en suspenso, en la primera inclinación, frente al cuerpo. No hay límites, sino una coreografía de aproximaciones infinitas. Somos puro desbordamiento en el umbral entre lo propio y lo ajeno, entre el adentro y el afuera. Nos inclinamos, sin saberlo, hacia lo que nos excede. Nuestros cuerpos1 no son de ningún modo neutros, sino espacios que se expresan2 y se relacionan en sí mismos, dentro de sí, entre sí mismos, entre ellos, encarnados, desencarnados, poseídos, cargados de valores y significaciones que se hacen transparentes en sus expresiones primera y última: el nacer3 y el morir. La vida puede que no sea otra cosa que una breve transición, entre la horizontalidad y la verticalidad, y viceversa. Una inclinación lenta. Despacio. Duele.

El cuerpo que duele, el cuerpo doliente, halla un consuelo en la respuesta en suspenso, una contingencia sin tiempo, casi sin aire, entre el yo y el mundo: un estruendoso silencio donde la vibración de la vida y la resonancia del alma hallan su propio umbral. Todo cuerpo alberga silenciosamente su propio tiempo, su propio silencio y, sin saberlo, lo vive, lo escucha, lo sabe, lo experimenta y, finalmente, lo encarna. Todos somos cuerpos, somos todo cuerpo, cuerpos sin origen ni destino, cuerpos sin órganos y carne con una fecha de caducidad secreta4. No hay tiempo muerto para el cuerpo. Su tiempo no es otra cosa que el pliegue donde se disuelve su ser: una huella que solo se sostiene en su repetición, primera y última.

En este espacio corporal se encuentra el origen de todos los demás espacios; sin el cuerpo no cabría ningún otro cuerpo ni ningún otro espacio. De este modo, como de otro modo no es posible, nos proyectamos, proyectamos el mundo al exterior, dando lugar a que todo lo otro que no soy yo exista tranquilamente. Por esto mismo, el cuerpo es poroso y sabe escuchar. El yo y el mundo5 sonamos, soñamos y terminamos por ser lo mismo6: lo uno y lo otro, al unísono.

Estudiar el cuerpo significa auscultar el dolor en los límites de la existencia, allí donde la escucha se la juega, donde, en relación con la medicina, aquello que constituye un cuerpo se pone en riesgo y los límites se imaginan y renegocian constantemente. Entre la vida y la muerte hay un mundo, y nuestros cuerpos son su condición previa de posibilidad. Todo cuerpo contiene el mundo. Entre ambos, la piel y su porosidad. Mi cuerpo es lo que da forma a mi mundo, es lo que da vida al mundo, interior y exterior, aquello que acoge, nutre y protege mi conciencia. El cuerpo es en sí mismo nuestro único medio para la percepción de todos los otros mundos posibles.

El cuerpo no puede ser entendido como una totalidad, sino como una entidad sintiente, mutable, sensible y casi eterna, siempre condicionada por estar en relación-con y formar siempre parte-de otros mundos ajenos a su propia exterioridad gracias a la capacidad de otorgar sentido desde su interior precisamente a lo sentido. Como una música que se escucha a sí misma. Este es el sentido previo a la existencia7: un cuerpo y todo lo demás.

Los límites entre el interior y el exterior se difuminan, se disipan, desaparecen. No hay límite entre el cuerpo y el mundo. No hay cuerpo que no se escuche y no escuche al mundo al mismo tiempo y sin quererlo. No hay distancia entre el cuerpo y el mundo. No hay párpados frente al mundo. Los cuerpos escuchan, giran sobre sí mismos sin cesar. Hay fuerzas invisibles que exceden nuestro pensar: todos los cuerpos pertenecen al mayor cuerpo de baile del mundo gracias a la gravedad, es inevitable. Bailamos sin saberlo, sin querer. Bailamos hasta la muerte.

Nuestros sentidos y el movimiento, del cuerpo y del mundo mismo, generan un sentido cinestésico aprehendido a partir de las sensaciones de esos movimientos. Todo cae por su propio peso, el tiempo también. Tiempo al tiempo. La consonancia entre el cuerpo y el mundo —natural y cultural—, entre los cuerpos y los mundos celestes, presupone la existencia de una serie de sentidos que dan cuenta del mundo, en singular.

Por eso, albergamos más mundos de los que creemos conocer, de lo que tenemos conocimiento y de los que sabemos bien. Nuestro cuerpo se tiende hacia ese extraño objeto que utilizamos en todas sus partes8, casi sin saberlo, como fuente de conocimiento de otros mundos que frecuentamos, habitamos y pretendemos comprender o darles un sentido último. Habitamos el silencio de nuestro cuerpo. Nos inclinamos, sin querer, hacia lo desconocido, sin saberlo. Hacia lo otro. Siempre estamos en predisposición.

Existe un contrapunto fenomenológico a la mirada clínica y distante de la razón cínica. La idea de proximidad crítica implica estar inmersos en un desvelo que se estudia a sí mismo hasta el punto de que se vuelve lúcido en un sueño eterno. La idea de la subjetividad como un interior habitado desde una forma de posesión poética, metafísica, inseparable del aliento, del hálito, de la voz, de la phoné griega, aquella voz que habla y nos habla, como las voces de nuestros muertos, donde coexisten en una proximidad radical que desdibuja toda frontera y donde hallamos un interior y un exterior perfectamente fusionados, desdibujados, como una calle en niebla. Todo es niebla. El hogar parece estar tan dentro como fuera. No hay límite que el cuerpo no conozca. Al dolor me remito. Me inclino, el dolor me subyuga, me puede, me inclino otra vez más. El dolor del alma no conoce los límites del cuerpo. Uno tiende a inclinarse frente al cuerpo.

Notas

  1. “Mi cuerpo siempre es percibido por mí”, Merleau-Ponty, M., Fenomenología de la percepción, trad. J. Cabanes, Editorial Planeta-De Agostini, Barcelona, 1993.
  2. “El cuerpo es eminentemente un espacio expresivo”, Ibídem.
  3. “El nacimiento como un comienzo y cambio abrupto. Después de estar flotando en el vientre”. Steve Paxton, Gravity, Contredanse Editions, Bruselas, 2018.
  4. “No hay otra evidencia -clara y distinta como la quiere Descartes- que la del cuerpo. Los cuerpos son evidentes - de ahí que toda justeza y toda justicia comiencen y terminen con ellos. Lo injusto es confundir, quebrantar, triturar, asfixiar cuerpos, volverlos indistintos (reunidos sobre un centro oscuro, apiñados hasta destruir el espacio entre ellos - hasta asesinar incluso el espacio de su justa muerte)”. Jean-Luc Nancy, Corpus, trad. Patricio Bulnes, Arena Libros, Madrid, 2003.
  5. “(…) el cuerpo da lugar a la existencia”, Ibídem, p. 16.
  6. «Esta vez, las dos figuras son dobles de un mismo yo y señalan la alteridad que, desde un punto de vista psicoanalítico, es esencial para que la subjetividad reconozca el yo en el mundo». Corey Wakeling, Sleeplessness in Sleep: Beckett’s gestures of dream. Performance Research, 21(1), 2016.
  7. “(…) y, muy precisamente, da lugar a que la existencia tenga por esencia no tener esencia. Por eso es por lo que la ontología del cuerpo es la ontología misma: ahí el ser no es nada previo o subyacente al fenómeno. El cuerpo es el ser de la existencia. (…) Los cuerpos son el existir, el acto mismo de la existencia, el ser”. Jean-Luc Nancy, Corpus, op. cit.
  8. “La cosa nos ignora, reposa en sí. Lo veremos si ponemos nuestras ocupaciones en suspenso y dirigimos a la cosa una atención metafísica y desinteresada. Luego, es hostil y extraña, no es ya para nosotros un interlocutor, sino un otro decididamente silencioso, un Sí (soi) que se nos escapa tanto como la intimidad de una consciencia extraña”. Merleau-Ponty, M., Fenomenología de la percepción, op. cit.