“Hablar de uno mismo en un lenguaje distinto al de tus antepasados es efectivamente desvelarse,
no solo es emerger de la infancia, sino nunca volver a ella”.
El dolor es aquello que pone en marcha la narración y es la narración lo que nos permite superar la contingencia del cuerpo, darle un sentido. La palabra da cuerpo al gesto y se contradice: el gesto incorpora la palabra. La relación entre el cuerpo, la palabra y el mundo nos coloca y descoloca en resonancia con el sentido de lo dicho y de lo no articulado, así como de lo imposible de decir, el balbuceo y lo innombrable: aquello que no tiene nombre, aquella imagen que nos falta.
Puede que por ello sea a través de nuestro cuerpo que damos sentido a las palabras que oímos o leemos, aquello que decimos y convocamos, como quien camina errante, así como aquello que dejamos al margen, en silencio, en suspenso. El fin, al fin, en fin, de la palabra es el principio del silencio y el mismo silencio es el origen y el fin de la palabra. Esta es la quietud, este es el silencio. Ambos se sostienen mutuamente y en resonancia.
La omnipresencia y la plenitud del silencio entregan el cuerpo necesario para la escritura. Es la propia escritura la que no silencia la voz, sino que la despierta y la convoca. Es la voz que sabe del lenguaje que nombra las cosas y les da presencia. La característica más extraña del lenguaje es que está constantemente obsesionado por su propia imposibilidad.
Por ello, al nombrar, decir, dirigir y señalar, el lenguaje solo puede actuar asumiendo simultáneamente la ausencia de la cosa y su presencia. Giorgio Agamben habla, en su teoría del gesto, del otro lado del lenguaje, mudo y nunca agotado, y propone que las figuras insomnes de Samuel Beckett, en los bordes del sueño, se convierten en gestos que permiten traer a la vista los espacios solitarios de la interioridad en la representación.
La explicación que Agamben da del gesto es útil. Para Agamben, el gesto es un lenguaje originario de la representación, un estrato del lenguaje que no se agota en la comunicación y que captura el lenguaje, por así decirlo, en sus momentos solitarios
. El gesto es lingüístico, pero en un sentido mudo y primordial. Al sugerir que el gesto es el origen solitario y mudo del lenguaje, señala la posibilidad de un lenguaje que podría tender un puente sobre la interioridad privada de los estados de insomnio. Como tal, no se puede dar lenguaje a ninguna reconciliación con el sueño en el sentido ordinario, sino que solo se puede poblar con gestos.
Pensar en la escritura como gesto corporal puede mostrar un camino a recorrer reflexivamente entre la polaridad sobre lo asible del cuerpo en el intento por comprendernos dentro y pausar el recorrido entre las distintas profundidades que el gesto designa y parece ofrecer. Un cuerpo que se deja acariciar por la palabra no es un gesto cualquiera. Todo cuerpo contiene, por lo menos, un gesto silencioso. Hacerlo requiere un cuerpo atento y dispuesto, tendido hacia lo que se le escapa. La escritura como inclinación. Tal vez debamos entender la escritura con el cuerpo, como si fuera un cuerpo mismo, tendido. Hacerlo, comprender la escritura con el cuerpo y padecerla si es preciso, es un ejercicio de desplazamiento del lugar de la resistencia que se constituye en el encuentro entre el cuerpo y el lenguaje.
Si la escritura efectivamente sucede en un pliegue del tiempo, ese pliegue está convocado por partida doble en el enunciar de lo escrito cuando la voz de uno habla la escritura del otro, y así despliega tanto como repliega la palabra sobre su silencio para retrasar el gesto germinal de vuelta hacia su desaparición, como un calcetín en domingo.
Escribir desde el lugar de estos levantamientos, entendidos como quiebres, debe ser una respuesta natural a la inclinación. Al inclinarse, el cuerpo está efectivamente más cerca de ese otro hacia el que se tiende, entregado a su posición —trágica— más estable y soportando el eje de su propia gravedad. Inclinarse para acercar las grietas, para suturar y para sentir las heridas es una práctica sensible que habita la escritura, en cuyo camino resuena el eco del dolor padecido.
La melodía y la palabra nos convocan al consuelo. Si Hamlet fue creado sobre el dolor de la pérdida de un hijo, ¿qué más (no) puede ser escrito? No hay una palabra para este estado en el cual un progenitor pierde a su vástago. No hay una palabra para este dolor en concreto. Hay dolores que no tienen voz. Silencio.
Esta es la única ausencia significativa: la etimología no da más de sí. Mientras lidiaba con mi tumor, tuve que soportar también esta posibilidad: mi hijo también quería poner fin a su dolor. Quiso quitarse la vida. Ha sobrevivido y yo también. Tal vez necesitemos hablar más de lo inevitable. El amor es un suicidio del cuerpo doliente. No se puede vivir de espaldas al amor. No se puede vivir con tanto dolor. Frente al dolor, me tiendo, amo. Me tumbo, descanso. La escucha ya no depende únicamente de ti.
“Y el amor entró en mi corazón por los oídos”