“Hemen maiz, hiltzen naiz.”
— Gabriel Aresti
Soy finito1. Ubico mi ser en mi decir y mi muerte en un lugar infinito, sin espacio ni tiempo, en un pliegue de sentido, en un despliegue de sinsentidos. Muero, me muero, muchas veces. Una y mil veces. Como un coro de ranas en una charca inmunda. Siempre muero en el mismo lugar, en una temporalidad que difiere, discrepa y me diferencia. El tiempo, la duración y el horizonte se disuelven, pierden perspectiva. La repetición2 comienza por no producir aburrimiento, sino más bien un extraño alivio, un consuelo. Entre sueños vagos, nunca profundos ni logrados, encontré el consuelo en una escucha horizontal. Cuando el descanso duele, la horizontalidad se convierte en el campo de conocimiento3, el campo de batalla. Este texto habla de esta experiencia4.
Mi cuerpo dolorido me mostró, sin descanso, el camino de la belleza5. No hay coreografía más real6 y gratuita que el dolor. Todos los cuerpos ceden frente al dolor, se inclinan, se retuercen y no olvidan. Ningún cuerpo olvida el dolor que padece. Mientras el cuerpo dura, hay memoria y espacio para el dolor. No hay olvido para el doliente7 y solo el cuerpo sabe del dolor. El dolor brinda la posibilidad de percepción del espacio en todo su esplendor gracias a un bucle temporal infinito donde casi nada cambia, nada varía. Todo parece seguir igual. Nada es como antes. Un cuerpo que no duerme, ni descansa, ni trabaja. Todo cuerpo muere, una y otra vez cada día.
El poema de Gabriel Aresti localiza en el tiempo y en el espacio un saber que surge de la experiencia, del vivir de la vida, del padecer del dolor y de la muerte misma. El poema podría traducirse como “aquí muero frecuentemente” o “aquí muero muchas veces”. La pregunta que surge es: ¿quién no ha muerto alguna vez? ¿Quién no muere todo el tiempo? La vida puede que sea una extraña sucesión de pequeñas muertes ubicadas tanto en el tiempo como en el espacio. Por ello, el recuerdo permite mantener con vida lo recordado y al mismo tiempo también nos da la vida. De ello da buena cuenta la etimología de la palabra “recordar”, que literalmente significa ‘volver a pasar por el corazón’. Por eso, nadie muere una sola vez.
Aquí estoy, muriendo frecuentemente. Mientras escribo este texto, muero muchas veces. Ubico mi muerte en un lugar infinito, sin espacio ni tiempo. La muerte siempre queda al margen o mi muerte está al margen de mi imaginación. Puede que la muerte que imaginamos nunca tenga lugar, únicamente existe en nuestro interior, en nuestro decir. Por eso, nos duele. Este dolor y la escritura solo pueden compartirse mientras suceden. La escritura está inscrita en una forma de dolor de la misma manera que la coreografía está inscrita en los cuerpos que bailan sin descanso ni música.
“Y quienes no podían oír la música consideraban locos a quienes veían bailar.”
— Friedrich Nietzsche
Notas
- «Soy finito». François J. Bonnet, After death, Urbanomic, Falmouth, 2020. ↩
- “La repetición como reaparición de lo mismo sería la disolución del tiempo, de la duración, del horizonte. La repetición como monotonía es paradójicamente una modalidad que acontece. Cada repetición engendra un pliegue imprevisible de sentido, un modo de surgir sin tiempo de las significaciones de identidad”. Raymundo Mier, Tiempo, incertidumbre y afección. Apuntes sobre las concepciones del tiempo en Ch. S. Peirce, en Tópicos del Seminario, SES, México, 2006. ↩
- “El conocimiento nacido de la observación atenta (profunda, oscura)”. Marcela Queiróz Luna, La escritura, el cuerpo y su desaparición, op. cit. ↩
- “El cuerpo sirve tanto como punto de partida como de destino”, trad. propia. Henri Lefebvre, La production de l’espace, Anthropos, París, 1974. ↩
- “Ante el dolor, el espíritu imagina belleza”. Byung-Chul Han, La sociedad paliativa. El dolor hoy, op. cit. ↩
- “El dolor es realidad”. Ibídem. ↩
- “El dolor es una de esas cosas que no desaparecen”. Ibídem. ↩