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Inclinarse: frente al cuerpo

“Y veloz me anticiparía hacia mi fin y decir
que estoy presente en el después de mi vida
Me inclino.”

— Safaa Fathy

3 de enero de 1889. Friedrich Nietzsche presencia en la Piazza Carlo Alberto de Turín (Italia) los incesantes y brutales golpes que un cochero propinaba una y otra vez con un látigo a su propio caballo. Al presenciar aquella escena, conmovido sin remedio, corre hacia el caballo y lo abraza, rompiendo a llorar hasta desmayarse. Nietzsche solloza, abraza y rebuzna. Nunca más volvió a escribir, excepto las conocidas cartas de la locura, ingresado en un manicomio, aislado del mundo, ensimismado.

Pasó los siguientes once años de su vida, los últimos hasta su muerte en 1900, sin pronunciar una sola palabra, sin romper un solo silencio, cuidado por su madre y su hermana, tocando repetidamente y sin descanso una única nota al piano, un si bemol. Aquella nota repetida sin descanso en una secuencia monótona, tal y como lo describe su hermana Elisabeth Förster-Nietzsche, terminó por convertirse en la misma piedra que arrastra eternamente Sísifo, luchando ya no contra la gravedad sino contra sí mismo. Nietzsche frente al espejo. Imagina: permanece inclinado.

Desde El nacimiento de la tragedia hasta su muerte, la música significó para él tanto la grandeza como el abismo de la existencia. La música se pierde en el pensar. Cuando Nietzsche se inclina, la filosofía colapsa, como en la muerte de Sócrates, como bien nos lo recuerda Maurice Blanchot en La escritura del desastre:

“Sin duda Sócrates no escribe, aunque, por debajo de la voz, a través de la escritura, se da a los otros como el sujeto perpetuo y perpetuamente destinado a morir. Él no habla sino que pregunta. Al preguntar, interrumpe y se interrumpe sin cesar, dando forma irónica a lo fragmentario y dedicando el habla, por su muerte, a la obsesión de la escritura testamentaria (aunque sin firma)”1

Cuando muere Sócrates, tiene lugar el nacimiento de la muerte digna. El desastre se inscribe en el lenguaje, escrito y descrito, donde parece no quedar nada, brota una apariencia, un espectro; es el oído del otro el que firma, como tan bien nos recuerda Jacques Derrida. Por eso Sócrates da inicio al nacimiento de la muerte digna: su cuerpo yace tras ingerir la fatal mezcla de cicuta (Conium maculatum) y opio (Papaver somniferum). Sin ética ni estética aparentes. Todo parece ser uno. La gravedad toma control sobre su cuerpo. Finalmente son los otros quienes se inclinan, aquellos que le juzgaron y sentenciaron a muerte. Aquellos amigos, griegos, compatriotas, que le prestaron sus oídos, se inclinaron finalmente.

Porque, frente al muerto, en la presencia de su ausencia, ofrecemos siempre nuestros cuerpos, cedemos frente a la muerte de la misma manera que atendemos en la escucha. La muerte y la atención desvelan nuestros cuerpos en una inclinación donde la gravedad toma presencia sin ser vista. Vibramos en silencio y con la fragilidad de la reverencia y el vencimiento. La primera inclinación verdadera tiene lugar en el primer velatorio2.

La escucha da cuenta de ello: toda escucha implica una inclinación y certifica la muerte del sonido que atiende y al que prestamos nuestros oídos. El cuerpo que escucha, por lo tanto, es todo oídos y no puede sino ceder frente a lo otro, inclinándose hacia la fragilidad y vulnerabilidad implícitas en la radicalidad de la experiencia.

La muerte y la escucha desvelan al cuerpo que se piensa erecto. En la audiencia sin fe, todo parece ser un sindios, un mundo que padece. Recordemos, por un instante, a aquellos hombres que se erigen sobre la tierra como guerreros y dueños del pensamiento recto. Sordos frente al otro, los cuerpos luchan por la estabilidad que la gravedad cuestiona. Una posible respuesta, frente al muerto, solo puede llegar con una reubicación de la experiencia en la relación entre el cuerpo y el mundo.

Un cuerpo inclinado cede ante lo previo, tomando conciencia de la gravedad y abriéndose a otros canales perceptivos desconocidos hasta entonces. Todo cuerpo es un exceso. Por eso, la inclinación siempre lo es en relación con una fijeza3. Dejamos de ser para pasar a ser. Devenimos sin querer. Existe un pacto silencioso que reconoce las fuerzas que nos mueven y nos conmueven antes de que nosotros mismos iniciemos cualquier movimiento, por mucho que hayamos aprendido y ejercido lo aprendido. La memoria no es lo mismo que el recuerdo. Los mártires lo saben bien. Por ello, dan testimonio de su fe aun cuando su cuerpo está siendo torturado. Se erigen en la rectitud de la fe ciega, quedando sin palabras frente al deleite de los otros. Lo que hacemos frente al dolor de los otros nos traiciona frente a nosotros mismos. Estamos frente al espejo.

En palabras de Chantal Maillard, tenemos, indudablemente, una extraña propensión a la verticalidad. (…) Recordemos a Friedrich Nietzsche abrazado al cuello de un caballo exhausto y maltratado. Que aquel gesto se considerase como un síntoma de locura es clara indicación de una sociedad enferma4.

En este gesto nace la ética de la compasión humana. Saber inclinarse es signo de un ser que todo lo abraza, que todo lo escucha. Aquel que sabe escuchar lo que nadie quiere oír: Avalokiteshvara. El nombre en sánscrito se interpreta de muchas maneras: el que escucha los gritos del mundo, el Señor que mira hacia abajo, el Señor que mira en todas las direcciones. Parece ser que sí que existe una forma de desplegarse omnidireccionalmente al mundo. Parece ser que sí y eso mismo padecemos.

Notas

  1. Maurice Blanchot, La escritura del desastre, trad. Cristina de Peretti, Luis Ferrero Carracedo, Trotta, Madrid, 2015.
  2. Adriana Cavarero, Inclinaciones: crítica de la rectitud, trad. Manuel Ignacio Moyano, Prometeo Libros, Buenos Aires, 2018.
  3. Alejandra Castillo, Inclinación, parafilias y artificio: la imagen en Zaida González Ríos, en Cuadernos de Literatura, vol. XXIII, n.º 46, julio-diciembre de 2019.
  4. Chantal Maillard, ¿Es posible un mundo sin violencia?, Vaso Roto, Madrid, 2018.